LA CIUDAD SE MUEVE

LA CIUDAD SE MUEVE

Efectivamente la ciudad se mueve, pero no en el concepto de desplazamiento o cambio de posición, sino en el sentido de evolución, transformación, dejar de ser lo que era para convertirse en otra.

Esa es la sensación de movimiento que se siente cuando se recorren calles de algunas zonas de Madrid, que hace algunos años, transitábamos de manera bastante frecuente, y de cuyos comercios y viandantes teníamos un recuerdo de nuestra memoria muy distinta a la que nos muestran hoy. Hare referencia a tres de las calles más típicas del centro de Madrid: Calle de la Montera, Calle de Carretas y Calle de Fuencarral.

La Calle de la Montera es una de las diez calles que desembocan en la Plaza de la  Puerta del Sol en Madrid. Su nombre según unos se debe a que al Rey Sancho IV se le cayó la montera de su caballo y nadie lo advirtió, y así rezaba una copla del siglo XV y XVI: “Al pasar esta vereda el Rey perdió la montera y en el otro Como Don Sancho era bravo, caminó con grande enfado”. Otra versión del nombre de la calle se debe a la mujer de un hombre de Montero de Espinosa a la que se denominaba Montera y que se hizo famosa por su belleza, siendo objeto de desordenes públicos sus paseos diarios. La calle Montera ha sido conocida por la prostitución visible por sus calles adyacentes y ambas aceras de la propia calle.  Fue esta calle testigo de todas las obras de modernización y ampliación del Metro, y de sus zonas aledañas, hasta que en el 2009 se peatonalizó.

Cuando yo los conocí, allá por los años 70, tenía ese sello castizo y animado del centro de la ciudad donde zapaterías de Los Guerrilleros o los Almacenes Arias[1], arrastraban a disímiles clientes en busca de las ofertas, y sus salas de juegos o cines de función continua, y a más de uno en busca de servicios sexuales más expeditos.

Hoy con la peatonalización se ha multiplicado en tránsito de personas y el tráfico de mercancías y productos de dudosa procedencia. Miles de tipologías humanas, de muy diversas procedencias bien disfrutan a de algunas de sus terrazas o de las ofertas que en diferentes idiomas vocean sus vendedores para atraer al transeúnte. Un espectáculo antes desconocido en esta calle, donde tráfico de vehículos, autobuses, y personas con la presencia de prostitutas y mangantes que hacían del distraído turista su agosto.

La Calle de Carretas es una de las calles más históricas del centro de Madrid. Se caracteriza por ser una de las diez que desembocan en la Plaza de la Puerta del Sol, centro geográfico de la ciudad y en su momento punto de ubicación de los edificios institucionales más importantes y de la actividad callejera de la ciudad. El nombre de Carretas se debe a la guerra de las Comunidades de Castilla cuando para defender la ciudad se colocaron a modo de parapeto pilas de carretas para su defensa. La calle fue famosa a comienzos del siglo XX por sus tiendas de aparatos y productos de ortopedia, zapaterías y una muy dinámica vida de marginalidad (prostitución) en sus aledaños. Fue de las primeras, junto a la Calle de Montera, en pavimentarse o empedrarse y en tener aceras.

Hoy la ciudad sigue su movimiento, sus cambios y transformaciones, no siempre en la dirección acertada, a mi modesto entender y, con el agravante de una masividad dañina. Dañina en diferentes vertientes, tanto ambiental como social, pues confluyen cuantos viandantes puedan imaginarse de diferentes procedencias, etnias y conductas sociales. Una variopinta mezcla de aun por saber resultados socioeconómicos o consecuencias impredecibles en lo ético, moral y psico-social. Se implantan conductas nada compatibles con las históricas de los madrileños. Del batiburrillo de conductas, si hiciéramos un “close-up” o una instantánea nos costaría saber si se trata de la zona más castiza e histórica de la ciudad o, exagerando la nota, de una zona de algunas de las abigarradas ciudades del sureste asiático.

La Gran Vía, llena de pantallas electrónicas, modernas y deslumbrantes, en algunos casos con mágicas formas y dinámicas resoluciones suplantan a los carteles de anuncios de espectáculos de antaño, verdaderas obras de arte efímero, que disfrutábamos y admirábamos.

Señas y signos desconocidos por mí, se unen a las nuevas líneas de estilo y vestimentas impuestas por las modas foráneas, que a veces me hacían sentirme extraño en un contexto, en el que pude hace ya cinco décadas disfrutar de muy agradables tertulias y buenas comidas del Madrid de mi juventud.

Jorge A. Capote Abreu

Santander, 14 de junio de 2023

[1] Lo que comenzó la tarde del 4 de septiembre de 1987 como un incendio importante en uno de los almacenes más populares de la capital, se transformó ocho horas después en la mayor tragedia sufrida por el Cuerpo de Bomberos de Madrid: diez de sus hombres perdían la vida sepultados bajo toneladas de escombros, cuando el inmueble se desplomó sobre ellos.