El perdón

EL EVANGELIO DE HOY

Cada semana en los ritos religiosos se hacen lecturas de los textos sagrados, según correspondan al orden y organización establecida para su año litúrgico. En el cristianismo, que es la religión mayoritaria en el mundo hispanoparlante: el catolicismo apostólico romano, el cristianismo ortodoxo, el protestantismo, los testigos de Jehová y las diferentes variantes del evangelismo (pentecostal, metodista, bautista, etc.). Virtualmente todas las Iglesias cristianas aceptan la autoridad de la Biblia.

La mayoría de los biblistas piensa que el evangelio más antiguo es Marcos (Mc), redactado entre los años 60-70 d.C., y después, se admite que fue el de Mateo (Mt) en los años 70-80 d.C., Lucas (Lc) entre los años 75-85 d.C. y, por último Juan (Jn) que llego a los 90-100 d.C., según la tradición o leyenda. Hay por lo tanto, una distancia de unos treinta años entre los escritos de Marcos y la muerte de Jesús. Reconozcamos que en un principio, la transmisión de las enseñanzas de Jesus en las comunidades era oral.

Sean cuales fueren los tumbos del rumbo, la esencia de las enseñanzas del cristianismo han llegado hasta nosotros a través de los textos sagrados, y en especial de la Biblia. En una exposición en el Museo CaixaForum de Madrid, en 2019, “La Biblia. Un viaje por las lenguas del mundo” la muestra reunía los 1.600 volúmenes de ejemplares de la Biblia, en más de 1.900 lenguas distintas. Luego hay mucha tela que cortar cuando se habla de un tema tan importante y trascendente como el libro de los libros.

Pero en el Evangelio de hoy, Mateo 18, 21-35, se trata un tema de mucho calado e importancia: EL PERDON, de cuyo mensaje no siempre hacemos oídos, mas bien lo contrario, cuando se trata de aplicarlo, y le reclamamos con fuerzas, cuando se trata de que se nos tenga en cuenta.

En aquel tiempo, se adelantó Pedro y preguntó a Jesús: “Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?”

Jesús le contesta: “No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete”.

Y a propósito de esto, el reino de los cielos se parece a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus empleados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así. El empleado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: «Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré todo.» El señor tuvo lástima de aquel empleado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda. Pero, al salir, el empleado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba, diciendo: “Págame lo que me debes” El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba, diciendo: “Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré” Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía. Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: “¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo pediste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?” Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda. Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo, si cada cual no perdona de corazón a su hermano.

El sacerdote jesuita, Benjamín González en Vida Cristiana[1], dice: “Jesús nos hace hoy una de las preguntas más importantes del evangelio. ¿No era tu deber tener compasión de tu hermano como yo la tuve de ti? Es decisivo experimentar en nuestro corazón el perdón de Dios para responder como él ante cualquier ofensa. El perdón de Dios está siempre ofrecido, no se detiene nunca y no excluye a nadie, ni siquiera a los que se creen tan justos que no necesitan perdón. […] Hay ofensas grandes, que no olvidaremos nunca. Su recuerdo siempre puede hacernos sangrar de nuevo. Pero si perdonamos y sanamos esas heridas, con la gracia de Dios y las ayudas humanas, podemos recordarlas con paz, sin que sean un manantial inagotable de amargura. El amor que posibilita perdonar desde el fondo del dolor nos cambiará y nos permitirá vislumbrar una humanidad nueva, que supere las ofensas y se construya con lo mejor de cada ser humano”.

 

Referencias:

[1] Vida Cristiana del 17 de septiembre de 2023, Nº. 3069, año 60 – http://vidacristianaencuba.com