Cuentos de ayer…

DON FERNANDO Y SUS RELATOS…

No todas las tardes, en estas latitudes, te permiten salir a disfrutar del sol y la naturaleza, pero hoy, si ha sido posible. Una leve brisa de nordeste, que arrastraba el frio del mar, era lo único incómodo para disfrutar del paseo apetecido. Tal parece que así pensaba mucha gente que andaba paseando con sus hijos o nietos, los más, o con sus amigos/as y con sus ancianos, los menos. Es agradable ver rostros alegres por las condiciones del tiempo que les permiten salir de casa y disfrutar de la naturaleza y del sol. Yo también, lo hacía y disfrutaba de esa encantadora tarde soleada que la naturaleza nos estaba regalando. Saludé a Miguel Angel, un antiguo director de una empresa de Ingeniería, ya retirado, que paseaba a su mujer tempranamente afectada por el Alzhéimer, esa dolencia que día a día, con el envejecimiento de la población nos azota como un flagelo de la sociedad moderna. Disfrutaba de los pequeños detalles que observaba desde el jugueteo de los perros que sus amos sacaban a que les acompañaran en aquel andar, hasta los niños que aprovechaban para disfrutar de los pequeños aparatos de balanceo y juegos que habían instalado en el ancho paseo de la Alameda[1] para su disfrute.

Pero me llamo la atención, un anciano que en su silla de ruedas era llevado a que disfrutara del tiempo, con una manta protegiéndole las piernas y abrigado con un jersey y una gorra que evitaba le molestara la brisa y el sol, que por suerte se mantenía presente, no obstante ser mas de las 6:30 de la tarde. Mi mirada complaciente o el saludo que le hice a la joven que le llevaba, parece que fue lo que me permitió que se abriera la puerta de una conversación formal e intrascendente con ellos.

-. Buenas tardes, hay que aprovechar este respiro que nos da la lluvia para disfrutar de este buen tiempo…

–  Sí, me respondió amablemente la joven, él lo necesita, refiriéndose al anciano.

– Desde luego, más a su edad. ¿Cómo se llama el señor?  Él es Don Fernando, pero inmediatamente me dijo: ¿Pero Ud. es cubano? Sí, si – le dije, mi acento me delata con mucha facilidad, no lo he perdido ni pretendido perder, mi acento caribeño, casi musical de los cubanos, no obstante llevar más de 35 años aquí en estas tierras.

– No, si es muy agradable y, además Don Fernando, también es cubano… ¡Pero no me diga¡ y, dirigiéndome al anciano – ¿Don Fernando, pero de donde es Ud. en Cuba?  Milagrosamente, con voz suave y prácticamente sin acento caribeño, me dijo: De Santa Maria del Puerto del Príncipe, allí nací hace 92 años… ¿La conoce Ud.?…

Debo haber puesto cara de no saber a qué se refería y mire a la joven encogiéndome de hombros, como quizás buscando una corrección a un posible equívoco de Don Fernando, pero fue el propio Don Fernando que me recalcó, en tono enmendador, ¡es que ustedes los jóvenes no conocen ni a su tierra!, Santa Maria del Puerto del Príncipe [2], amigo, es la Camagüey [3] de hoy.

¡Ah…! Como que no, le dije, si es una de las más bellas e importantes ciudades de Cuba. ¡Qué casualidad!, quien me iba a decir a mí que iba a encontrarme con un camagüeyano aquí, en esta ciudad, tan lejos del Caribe. Empezó una pequeña conversación que con la lentitud característica de sus años, Don Fernando, fue preguntándome y respondiendo a mis inquietudes e interrogantes, mientras andábamos al paso de la silla de ruedas por la Alameda.

¿Cómo te llamas?, le pregunte a la joven que auxiliaba y atendía a Don Fernando. ¿Yo? Maria Jesús.

No quise ser pesado e intenté despedirme, pero Don Fernando me frenó y fue él quien sugirió que nos arrimáramos a un banco en unos de los laterales de la Alameda y, si yo no tenía inconveniente, podíamos hablar un poco. Desde luego, no por mucho tiempo – le dije -, porque he quedado con unos amigos que me esperan a la altura de la Catedral, para tomarnos un café.

Fueron minutos que parecían horas, en que pude empezar a conocer a aquel maravilloso anciano que era Don Fernando Recio y Sotolongo, que a sus 92 años todavía recordaba a su Camagüey natal con una claridad increíble, de la misma forma que según Maria Jesus, olvidaba lo que había hecho unas horas antes o el día anterior y, confundía sentimientos y personas, según el día y el estado de su mente.

– Yo soy tataranieto de Don Antón Recio y Márquez [4], Conde de San Juan de Jaruco, que fue una de las figuras insignes de la ciudad de Santa Maria del Puerto del Príncipe que se convirtió en la Ciudad de Camagüey en 1903 cuando mi madre me trajo al mundo.

– Muy bien, D. Fernando, tiene Ud., una memoria prodigiosa, que Dios se la guardé mucho tiempo, le dije asombrado por la precisión de sus palabras y sus datos. No se fie, joven, que ya me traiciona mucho y, si no que lo diga Maria Jesus.

Así fue como se estableció esta bella relación que nos llevaría, en los días sucesivos, horas y horas de conversación, a veces monólogos de Don Fernando, contando sus viejos recuerdos de su infancia y juventud en el Camagüey de entonces.

Me despedí con el compromiso de volver a ver este paisano, que tan fuerte impacto me había causado y, apresuré los pasos con la intención de llegar a la Cafetería La Catedral, donde seguro ya me esperaban impacientes, Felipe y Josefa, para tomarnos un café.

– ¡Perdonen!, – les dije – pero me he encontrado con un viejo cubano, maravilloso… y enseguida les empecé a contar los detalles del encuentro con Don Fernando Recio y Sotolongo, camagüeyano de pura cepa. ¡No jodas!, cuenta, cuenta más… estaban impacientes porque les siguiera relatando detalles de aquella conversación, porque los abuelos de Felipe eran asturianos, pero habían vivido muchos años en La Habana, donde hicieron su pequeña fortuna y educaron a sus hijos en los Maristas de la Víbora, y Josefa tenia también raíces cubanas, porque su bisabuelo había ido a la guerra de Cuba y creó familia en Aguada de Pasajeros, un pueblo cerca de Cienfuegos.

Tuve que dejarles, con más deseos que yo, en que averiguara y les trasmitiera los nuevos detalles que fuera conociendo. Yo también les pedí que buscaran en su casa toda la información que pudieran de sus raíces familiares cubanas, porque iba a adentrarme en conocer lo más posible de esta historia que Don Fernando había despertado mi interés en conocer.  Me fui a casa con la idea rondando en la cabeza y pensando en todo lo que me había trasmitido aquel anciano sabio, porque así podía llamarle, que aún recordaba las raíces y los detalles de sus años mozos en Camagüey.

No me alejaba de la idea, aún en el autobús cargado de jóvenes que regresaban de un día de playa con sus bolsas y, algunos con el pelo húmedo o las huellas del bañador mojado que se proyectaba en los pantalones o faldas de las chicas. Venian de la gran playa del Arenal, larga y estrecha, que protegida de las brisas o aires del nordeste, permite disfrutar de unas tranquilas aguas como las de un lago, con una temperatura algo fría, pero soportable, en especial cuando ya disfrutas de ellas y te ejercitas nadando.

Casi se me pasa la parada para bajarme, en medio de la bulla y alboroto de los jóvenes, y lo atestado que iba el ómnibus. Salvo saludar a Maite, la vecina del 8º, que regresaba como yo de alguna gestión o paseo, fui directamente, tan pronto entré, al ordenador a buscar detalles de las cosas que me había contado Don Fernando y, además averiguar lo más posible de aquellas anécdotas y relatos para facilitar nuestro posible nuevo encuentro.

Pasaron varios días sin que tuviese la suerte de volver a coincidir con Maria Jesus y su asistido anciano Don Fernando. Tenía la impresión de que hoy volveríamos a coincidir o, al menos con esa idea empecé a andar por la Alameda, en busca de la Plaza de Rey, en cuyo tramo habíamos coincidido la vez anterior.

Saludé a Anunciación la hermana del farmacéutico, que aquí llaman Cionin. No sé muy bien porque pues puede ser otras de las acepciones o expresiones cántabras tan diferentes, como llamar pindia a las cuestas o argayos a los desprendimientos de tierra.

Estaba hablando muy agradablemente con ella cuando pude divisar en unos de los bancos laterales a Don Fernando, que hoy estaba más elegante, pues usaba una chaqueta con su chaleco y camisa de cuello y corbata. Me despedí de Cionin y fui hacia él. En pocos pasos logré alcanzar los casi cien metros que me separaban de ellos. –

– Buenas tardes, María Jesús, Buenas tardes, Don Fernando…

– “Hombre, si es el cubano, de nuevo” – me dijo – a la vez que estiraba su mano en ánimo de que nos saludáramos estrechando las manos y así hice con gran agrado. Sus manos largas y delgadas, de un hombre de actividad intelectual, no acusaban ninguna huella de maltrato, todo lo contrario, incluso estaban muy bien cuidadas y bastante cálidas para su edad.

– No sabe Ud., lo que me ha hecho trabajar, pues el otro día con sus relatos de su Santa Maria del Puerto del Príncipe, me quedé muy intrigado y no pude resistir la tentación de buscar y tratar de traer algunos datos que le tengo aquí.

– Muy bien, hijo, – me dijo – usó esa palabra por primera vez, indicando implícitamente que me sentía más cercano, más íntimo, porque yo también te he traído estas cosas y, sacó de una de las bolsas laterales de la silla de ruedas un sobre amarillento abultado, que inmediatamente empezó a abrir con cierta torpeza y lentitud, que Maria Jesús amablemente, le auxilió.

– Déjeme a mi Don Fernando, le dijo, que así no se le caen, que estas fotos sé que son muy importantes para Ud., y dirigiéndose a mí, me dijo: Estas fotos son su más preciado tesoro, las acaricia y guarda con celo, pues según me ha contado aquí se esconde lo más recordado de sus años mozos, que para él fueron sus verdaderos años de placer y felicidad en esa ciudad que le llama Ud., tan raro… Camagüey; puntualizo yo, sí esa misma…

Apenas el sobre descansó sobre las piernas de Don Fernando, él empezó a sacar fotos en blanco y negro y muchas con los bordes dañados y amarillentas, de una cartulina ya no usual en las copias que hoy se hacen de las fotos de viajes familiares. Estaba nervioso y yo diría que casi excitado y con cierta impaciencia por hablarme de ellas. Tomó una en sus manos, más temblorosas de lo habitual, y me dijo:

– Esta es Gertrudis, la mujer que ame de toda mi vida… Era una foto de las que se enmarcaban en formas ovaladas, el color era como sepia y, se mostraba una joven morena, de labios gruesos, muy atractiva mirada y el pelo arreglado en forma de un moño en la parte alta de la cabeza, que adornaba algo así como una pieza de joyería elegantemente colocada y unos bellos pendientes colgando de sus orejas con un collar de piedras preciosas adornándole su cuello y pecho, que tenía unas voluptuosas formas, y un vestido oscuro, con encajes en los bordes del escote.

– Muy bella y elegante esta señora, Don Fernando, ¿fue su novia o su esposa?, le pregunté respetuosamente. Mucho más que eso hijo, volvía a usar ese bello calificativo, mucho más que eso, repitió….

– Fue un amor que surgió en nuestra temprana juventud de aquellos años, en que los jóvenes nos amábamos con la vista, tú no sabes el valor que tiene una mirada de una amada, que era capaz de electrizarme, de hacer vibrar las fibras más recónditas de nuestro ser, y donde apenas un gesto de ella, desde la reja de su ventanal, me saludaba y entregaba una sonrisa.  Las casas en Santa Maria del Puerto del Príncipe, eran bajas, no había los edificios esos y, señala a los que rodean a la Alameda, que no dicen nada, eran casas bajas con unas ventanas hasta el piso y me iba describiendo y señalando con las manos, se entusiasmaba con la descripción, con una balaustrada hecha de madera de roble torneada de manera preciosa, que generalmente estaban abiertas de par en par para permitir la entrada de la luz y, sobre todo, de la brisa en aquellas tierras, que como Ud. sabe, es calurosa.

Las casas típicas coloniales camagüeyanas, tenían gran influencia andaluza, y estaban construidas para ofrecer privacidad y protección contra ladrones, que los había como en todas partes. Al frente de las casas tenía grandes ventanales con barras, como ésta – y me señala en la foto – y una puerta enorme en el centro que se abría a la sala donde se recibía a las visitas y, a un lado estaba la cochera, con una puerta de entrada para los coches y detrás un establo para los caballos.

La sala, en casi todas las casas, estaba separada por un arco árabe del amplio comedor con gabinetes de madera para la vajilla y los cubiertos; atrás seguía la cocina, y la habitación para la servidumbre, porque siempre se tenían sirvientes y cocineras o cuidadoras de los niños. Negras o mulatas, liberadas o hijas de antiguos esclavos o trabajadores de las fincas. Al otro lado de la casa había varias alcobas conectadas por grandes puertas, cuyos ventanales daban al patio interior sembrado de canteros con olorosas flores, y tinajones de barro – los conoces, verdad, preguntaba.

– Claro Don Fernando, se ponían en las esquinas para recoger el agua de lluvia que caía del tejado. Don Fernando no atinaba a seguir enseñándome las demás fotos, sólo quería seguir describiendo los detalles de la casa y la ventana donde él veía todos los días asomada a su Gertrudis. Ella era de tez muy blanca y, a veces se adornaba con unas vestimentas de colores azules – continuaba su descripción – era el color más escaso en las telas de la época y de los más caros, pero combinaba muy bien con la tez blanca y el negro de sus cabellos y el azul, ese azul profundo de sus ojos.

Don Fernando, se quedó como medio ensimismado, como aletargado y absorto en esos recuerdos, y yo le hice una señal a Maria Jesus para que lo dejara disfrutar de la brisa agradable que los árboles de la Alameda propiciaban y los recuerdos que la foto de Gertrudis le traían a su mente y a su alma. Fueron segundos, pero lo dejé que disfrutara antes de volverle a preguntar,

-¿Pero Don Fernando, recuerda Ud. tantos detalles con los años que han pasado?

– Ay, hijo, que te diré, si hasta el olor de azahar que reinaba en aquella calle que felizmente habían dejado adornar con árboles sembrados de naranjos, de los que allí llaman naranjas agrias o algo así… fue una idea de un sevillano ilustre que fue regidor por unos años de la ciudad y quiso trasplantar esa bella imagen de su Sevilla natal a la entonces ciudad de Camagüey”.

– ¿Tienes prisa? – me preguntó.

– No, que va Don Fernando, hoy estoy a su entera disposición, salvo que como sabe, a las 9:00 pm juega la selección y no podemos perdérnosla…

– Desde luego, pero antes termino, mira voy a hacer una cosa, te enseñaré sólo estas fotos más impersonales que conllevan menos reflexiones y sentimientos personales, como ésta, ¿sabes qué es?…

– Es una Iglesia pero no sé cuál es, le respondí.

– Pues es el edificio más antiguo que aún se conserva en Camagüey y, que fue, no sé si seguirá siendo, Hospital e Iglesia de San Juan de Dios [5], y si te fijas, este niño que se ve aquí… lo ves, éste soy yo, creo que a los seis o siete años; aquí estoy con mi madrina Doña Delfina García de la Nuez, que yo le llamaba Ina. Tengo tan bellos recuerdos de ella que no dejo de rezar a Dios por su alma, y por la de mi padrino Don Ramon Sardiñas García, Mon, que Dios los tenga en la Gloria. Ellos vivían cerca de la ciudad en una finca “La Vigía” a la que se llegaba por el camino de La Cachaza, que iba en dirección a Vertientes. En “La Vigía” pasé muchos de mis días de niñez jugando con los primos y demás amiguitos del pueblo.

Don Fernando estaba eufórico contándome los detalles de las fotos que iba sacando de aquel sobre amarillento, y el tiempo pasaba, me daba pena con Maria Jesus, que ni siquiera se sentaba, y le tuve que pedir que por favor se sentara, para que descansara, porque al fin y al cabo, yo estaba inclinado viendo las fotos, pero sentado en el banco a la derecha de Don Fernando. A su izquierda quedaba mucho espacio libre y podía seguir desde ahí, vigilando y auxiliándole cuando lo necesitara.

– ¡Sí lo voy a hacer!, gracias, porque estoy cansada de todo el día trabajando, me dijo ella. Ahí me entere de que ese era su trabajo de tarde, porque por la mañana se ocupaba de una señora que también atendía, además de su casa, y su hija, una niña de 12 años, que preparaba, llevaba y recogía del Colegio antes de venir a trabajar en casa de D. Fernando.

Mira ésta es la calle donde vivíamos y éste el portón de la casa me decía D. Fernando a la vez que me mostraba una residencia vallada con rejas y una entrada en forma de arco que daba acceso a una zona ajardinada y un inmenso portal de un bungaló de madera, y con gran estilo colonial. Le decían la casa de los RECIO, porque había sido de mi tatarabuelo Don Antón Recio y Márquez.

Me atreví a preguntarle, Don Fernando, cuando el otro día me mencionó a Don Antón Recio, su tatarabuelo, quise preguntarle si en algún caso, que Ud. Recuerde, tenía algo que ver con el poblado que tiene ese nombre cerca de Cienfuegos.

– ¡Sí!, me dijo con cierta expresión de alegría y euforia, ese pueblo se hizo en lo que en su día fue el batey de la finca del hermano de mi tatarabuelo, que se fue de Santa Maria del Puerto del Príncipe, no sé porque disputa antigua y se llevó algo de unos dineros de una herencia que habían recibido de sus antepasados de Huelva de donde eran originarios y, se instaló en unos terrenos cercano a la Bahía de Cienfuegos.

Incluso usó el nombre de Antón Recio, al que le agregó el sobrenombre de “el joven”, quizás para diferenciarse de su hermano mayor y para usar en parte las influencias que aquel nombre y apellido de abolengo tenía en las autoridades de la colonia.

Ya iba enfriando, y la propia Maria Jesús se había levantado para arreglarle la manta que cubría sus piernas, y un poco el chaleco, y me hizo señas que deberíamos irnos a lo que aproveché, y le dije a Don Fernando: Ya tenemos que empezar a recogernos, porque recuerde que esta noche juega la selección, y no debemos perdernos ese partido, a ver si la vemos ganar alguna vez. Sonrió con cierta malicia y me dijo, ¿pero seguiremos, no?, desde luego, le respondí, y me apresuré a ayudar a mover la silla, y a despedirme con un apretón de manos, y un hasta otro día a Maria Jesús.

Tomé el autobús al final de la Alameda que por la proximidad de la hora del partido de futbol, iba prácticamente vacío. Habían pasado como tres o cuatro días, que por una u otra causa no había salido en busca de Don Fernando, aún no recuerdo, pero de seguro fue por algo de las lluvias de estos días, que habían cortado el maravilloso tiempo que nos venía haciendo desde hacía semanas, pero qué le vamos a hacer.

Estas tierras cántabras, que tienen en su esplendor y el verdor de sus montañas una gama de tonalidades difíciles de encontrar en otras partes de España, y eso es por sus nunca ausentes lluvias, en unas temporadas más frecuentes que en otras, pero siempre presentes.

Leí mucho en estos días sobre las familias de Santa María del Puerto del Príncipe, de la identidad y nobleza lugareña, de la cantidad de títulos nobiliarios de condes y marqueses que las cortes españolas otorgaron durante la etapa de la colonia hasta bien avanzado el siglo XIX, llegando a tener prácticamente tantos como La Habana, incluso en los certificados de “limpieza de sangre” que entregaba el ayuntamiento pagando 200 pesos para que en vida le llamaran Don o Doña, según el caso, con derecho a que se antepusiera el título en cualquier documento donde apareciera el nombre de la persona.

Pero si se deseaba el titulo por dos vidas, o sea, la del interesado y a su muerte para uno de sus hijos designado, pagaría 400 pesos, pero si pretendía que fuera con carácter perpetuo, entonces el precio era de 800 pesos, siempre que se garantizara que sus descendientes nunca jamás se juntarían con ninguna negra o negro en detrimento de la raza.

Entre las ocupaciones del trabajo y, algunos viajes a Madrid impuestos por las tareas que me tenían encomendadas en la empresa, y algunas otras cosas, pasó como casi un mes, sin que anduviera por la Alameda, pero nunca me había olvidado de D. Fernando y sus relatos de su Santa Maria del Puerto del Príncipe, su amada ciudad de Camagüey, de sus recuerdos de vivencias y amores, de las nostálgicas expresiones frente a las imágenes de las fotos de entonces, de su casona, o de sus parques e iglesias que le sirvieron para relacionarse y para conocer a personajes históricos de aquella región llana, y hermosa de la Isla.

Hoy caminaba, no sé por qué con cierta pesadumbre e incertidumbre a la vez, pues deseaba, quería, reencontrarme con Maria Jesus y Don Fernando, incluso le llevaba uno de los documentos que había encontrado en uno de los cajones de casa donde guardo los retratos y algunos documentos de un familiar de los Abreu que había sido alarife municipal[6] en Nuevitas, y en cuyos documentos aparecían datos de 1844 de su ciudad amada de Camagüey, que eran llamativos y que de seguro a Don Fernando le haría ilusión recordar incluso algunas fotos de sus callejuelas, plazas y algunas casas.

No pude materializar aquella ilusión, no encontré, no obstante lo agradable de las sombras de los árboles de la Alameda en aquel soleado día de julio. Fueron muchas las ideas que se me agolparon en la cabeza y el temor que la pesadumbre fuera premonición de una desaparición física de D. Fernando, pero no sabía a quién preguntar, con quien tratar de precisar si lo indeseado había sucedido. Caminé hasta la Catedral para encontrarme y tomar un café con Josefa y Felipe, que notaron enseguida mi expresión de cierta angustia y pesadumbre.

– ¿Qué te pasa, Arturo, que traes esa cara?, me preguntaron apenas me acomodaba la silla para sentarme junto a ellos en las mesas de la terraza que en esas fechas pone la cafetería La Catedral en la plaza de Las Atarazanas en cuyo centro está la estatua a Nuestra Señora de la Asunción y, a la sombra de la Catedral donde se encontraban las Reales Atarazanas, arsenal y base naval de la época, un bello rincón de la ciudad.

Les conté la preocupación que tenía, el presentimiento de que no sabía nada de Don Fernando y que lo peor es que no sabía cómo saber si todavía estaba con vida, si sólo era que casualmente no había coincidido con él o que había pasado lo peor.

Josefa me dijo que ya que yo no tenía ninguna persona de común conocimiento, la mejor y más fácil forma de saber si había sucedido lo indeseado, era que acudiéramos al periódico Alerta, el más difundido de la ciudad, para ver si en su página de necrologías – esquelas – aparecía en los últimos días algún difunto con el nombre de Don Fernando Recio y Sotolongo.

– Magnífico Jóse – exclame diciendo el diminutivo de su nombre con el que siempre le llamábamos – y Felipe coincidió y agregó que si no también en el Ayuntamiento o en el Cementerio de Ciriego, pero ¿y si no había habido ese desenlace? Quedamos en hacer las averiguaciones, y mantenernos en contacto, para despejar esa lacerante incógnita.

Regresé a casa, con mayores sentimientos de pesadumbre y casi con la certeza de que aquella ausencia seria definitiva y perdía el valioso testimonio de D. Fernando y sobre todo sus enriquecidos relatos de su Camagüey natal.

No pasaron muchas horas del miércoles, cuando Jóse me llamo, y confirmó lo que no hubiera deseado, que Don Fernando Recio y Sotolongo, según rezaba la esquela del Alerta, había fallecido en Santander, el día 28 de julio, a los 93 años de edad, después de recibir los Santos Sacramentos y la Bendición Apostólica. D. E. P. y relacionaba a los hijos, hijos políticos, y hermanos políticos, sobrinos, primos y demás familiares, expresamente decía, me leía Jóse por teléfono, se ruega una oración por su alma.

La conducción tendrá lugar MAÑANA DOMINGO día 30, a las ONCE Y MEDIA de la mañana, desde el TANATORIO al Cementerio de Ciriego [7], donde será inhumado. Favores por los cuales quedarán agradecidos. El funeral por su eterno descanso se celebrará el PRÓXIMO LUNES, día 1, a las SIETE de la tarde en la iglesia parroquial de San Juan. No puedo negarlo se me hizo un nudo en la garganta y mis ojos se llenaron de lágrimas, por aquel ilustre cubano que seguía pensando y sintiendo a su Camagüey amada como siempre. Una oración y una velita por el eterno descanso de su alma fueron mis últimas acciones por Don Fernando. Que en paz descanse.

Jorge A. Capote Abreu

Santander, marzo de 2024

Referencias:

[1] Alameda de Oviedo (paseo arbolado, discurre entre las calles de San Fernando y Vargas, en paralelo a ellas, entre Cuatro Caminos y Numancia).

[2] Esta villa fue fundada por los españoles el 2 de febrero de 1514 en la costa oriental de la Isla de Cuba en la Zona de Punta del Güincho (Nuevitas). Un poco más tarde, los pocos vecinos se trasladaron a un lugar más sano y más habitable. Desde ese lugar y dirigidos por su primer teniente el Gobernador Diego de Ovando, se empezaron a trasladar nuevamente en el año 1526 hacia tierra adentro, quedando en el antildeo 1530 la villa de Santa María del Puerto del Príncipe instalada definitivamente en su actual emplazamiento.

[3] Camagüey (antiguamente Puerto Príncipe) es una ciudad situada en el centro-este de Cuba, capital de la provincia homónima. En 2005, la ciudad contaba con una población de más de 300 000 habitantes. Su casco histórico fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 2008.

[4] Antón Recio y Márquez nació en 1556, en Cumbres Mayores, Huelva, Andalucía, España, hijo de Don Martín Recio Castaños y Sotolongo y Doña Catalina López Márquez. Se casó con María Sotolongo y González alrededor de 1575, en La Habana, Cuba. Fueron padres de al menos 12 hijos y 6 hijas. En 1601, su ocupación figura como depositario general en La Habana, Cuba. Murió en 1600, en Camagüey, Camagüey, Cuba, a la edad de 44 años.

[5] Iglesia y Convento-Hospital San Juan de Dios en Camagüey. Posee su correspondiente iglesia, en cuyo altar mayor se encuentra la Santísima Trinidad con figura humana del Espíritu Santo, que es la única en Cuba y la segunda en Hispanoamérica.

[6] Alarife (del árabe, experto) es un término en desuso que denominaron en la península ibérica al maestro de albañilería,​ en la herencia cultural del periodo islámico en ese territorio. Entre los oficios relacionados con la construcción fue sinónimo del arquitecto o el maestro de obras y de forma general del albañil.

[7] Ciriego es una zona del municipio de Santander, concretamente situada en la localidad de San Román de la Llanilla.El Cementerio de Ciriego, es uno de los cementerios más bonitos de España, con vistas espectaculares al mar, y cuenta con multitud de curiosidades.